Hunter sitting in a forrest

Cuentos desde la espesura, las alturas y la naturaleza salvaje

11/06/2026

Llegada a la Isla Sur

Tras 33 horas de vuelo, las ruedas por fin tocan suelo en la Isla Sur de Nueva Zelanda. Después de cruzar la costa, hemos sobrevolado verdes colinas que se elevan suavemente hacia las montañas. A la izquierda, el monte Cook resplandece de blanco contra un cielo azul claro. Hacemos tierra en Queenstown y arranca nuestra odisea. Para mi amigo Franz y para mí, es un sueño hecho realidad: arco y rifle, ciervos y wallabíes, desde el sur hacia el norte. Un mes entero de caza y exploración.

Hunter in the rain forest of New Zealand

Camino al sur: Bosque pluvial y flechas

Hace dos horas, dejamos atrás el coche y nos adentramos a pie en el bosque. Los primeros días nos dedicamos a la caza con arco de venados, ya que hicimos coincidir la visita con el inicio de la berrea. Los venados bramaban, los valles retumbaban con los berridos de desafío y varias veces estuvimos cerca (casi lo suficiente). Pero solamente casi.

Al cabo de cinco interminables días sin resultados, nos decidimos a cambiar de ubicación. Un ganadero de ovinos de la zona, que desinteresadamente nos ofreció su cabaña de esquila y permiso para cruzar sus tierras, nos había hablado de un valle virgen detrás de su finca. En algún lugar profundo de ese bosque, había oído un «recital de berrea» pocos días antes.

Hunter in the rain forest of New Zealand

La sombra en el verdor

Comenzamos a acechar juntos, pero dos cazadores hacían demasiado ruido. Franz se mantuvo cerca de la linde del bosque con el rifle, y yo continué por mi cuenta, armado con el arco. Tal vez podría echar un venado hacia él. La luz se desvanecía a medida que me adentraba más y más en la masa de helechos y troncos cubiertos de musgo. Entonces, percibí el avance de una sombra negra: compacta, de poca altura y pesada. No parecía un venado, era un jabalí. Siguió avanzando por un estrecho rastro de caza hasta pararse quince metros delante de mí. Cuando pasó por detrás de un helecho, tensé suavemente el arco y apoyé la mira en el hombro. La flecha salió disparada con precisión; relampagueó y dibujó una brillante estela en el aire antes de dar en el blanco produciendo un inconfundible crujido de huesos.

El puerco salió corriendo hacia delante y luego se detuvo, girándose para mirarme directamente. Nos quedamos mirándonos fijamente unos instantes, el hombre y el jabalí, en la penumbra creciente. Luego resopló y se esfumó en el bosque.

Hunter in the rain forest of New Zealand

Seguir la pista

Con el corazón acelerado, logré obtener una débil señal telefónica y me comuniqué con Franz. Pasó un rato hasta que pudimos encontrarnos. La señal desaparecía en el denso follaje y solamente logramos localizarnos gracias a los destellos de nuestros frontales.

La flecha estaba tirada en el suelo, cubierta de sangre. Usando mi cámara térmica Leica Calonox View, pudimos seguir el débil rastro a través de la densa maleza hasta que divisamos una silueta brillante. El jabalí yacía inerte: corpulento, de pelaje áspero, con cerdas a modo armadura y colmillos curvados hacia fuera. El ganadero nos ayudó a sacarlo con su todoterreno. «Un auténtico "Captain Cooker"», nos espetó. Era uno de los descendientes de los jabalíes que el capitán Cook trajo consigo en su buque Endeavour en 1769. Casi 100 kilos de historia viva.

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Hunter in the Southern Alps of New Zealand

Tahr a la vista

Días más tarde, estábamos en las alturas de los Alpes del Sur. Una región aislada, muy agreste: con rocas, viento y silencio. Estábamos en busca de tahrs (cabras del Himalaya)  o rebecos cuando Franz detectó un movimiento en una lejana ladera cubierta de pasto: un solo macho de tahr, tumbado al sol de la tarde. Llevaba toda la vida oyendo hablar de estas cabras montesas del Himalaya, pero jamás había visto una en libertad. Con mucho sigilo, trepé para agazaparme debajo de un saliente rocoso mientras Franz observaba desde arriba con los prismáticos y la cámara listos para la acción.

El tahr se movió inquieto, se incorporó unos segundos y volvió a tumbarse. Una rápida medición con los Leica Geovid Pro confirmó que eran 255 metros. Ajusté el visor Magnus y me quedé esperando. Cuando el blanco finalmente se puso de costado, el disparo impactó de forma limpia y certera. El tahr se tambaleó, corrió aceleradamente unos metros y se esfumó entre la vegetación.

Hunter stalking in the mountains

En la pendiente

Franz levantó el pulgar, indicando un disparo perfecto. El Leica ProTrack nos orientó con seguridad por la pronunciada e intrincada pendiente. Incluso desde arriba parecía difícil, pero de cerca resultaba casi imposible: un laberinto de helechos, barrancos y raíces. Nos agarramos a las ramas y a la hierba, valiéndonos de la Calonox View para localizar el cuerpo que brillaba tenuemente entre las rocas.

El thar era majestuoso: crin tupida, complexión robusta, ojos entornados como si aún estuviera contemplando las montañas. En una hora se haría de noche, así que nos afanamos en preparar el animal y volver a subir a un lugar seguro.

Hunter is camping in the mountains
Un mes en la naturaleza salvaje

Llevábamos ya casi un mes de caza: días plagados de bosques húmedos, montañas y cielos infinitos. Cada paso, cada instante había girado en torno a la persecución: la paciencia, el silencio y la intensidad súbita. Desde la densidad hasta las alturas, desde el corazón salvaje de Nueva Zelanda hasta la calma tras el disparo.

Mis Leica Geovid Pro, mi visor Magnus y mi Calonox View me habían escoltado en todo momento, desde las primeras luces del alba hasta los rastreos a medianoche. El viaje había sido tanto una lección de humildad como una vivencia intensa. Cuando despegamos, tenía una cosa muy clara: ahora tocaba hacer una pausa en mi aventura de caza, hasta nueva orden.