Cuentos desde la espesura, las alturas y la naturaleza salvaje
Llegada a la Isla Sur
Tras 33 horas de vuelo, las ruedas por fin tocan suelo en la Isla Sur de Nueva Zelanda. Después de cruzar la costa, hemos sobrevolado verdes colinas que se elevan suavemente hacia las montañas. A la izquierda, el monte Cook resplandece de blanco contra un cielo azul claro. Hacemos tierra en Queenstown y arranca nuestra odisea. Para mi amigo Franz y para mí, es un sueño hecho realidad: arco y rifle, ciervos y wallabíes, desde el sur hacia el norte. Un mes entero de caza y exploración.
Camino al sur: Bosque pluvial y flechas
Hace dos horas, dejamos atrás el coche y nos adentramos a pie en el bosque. Los primeros días nos dedicamos a la caza con arco de venados, ya que hicimos coincidir la visita con el inicio de la berrea. Los venados bramaban, los valles retumbaban con los berridos de desafío y varias veces estuvimos cerca (casi lo suficiente). Pero solamente casi.
Al cabo de cinco interminables días sin resultados, nos decidimos a cambiar de ubicación. Un ganadero de ovinos de la zona, que desinteresadamente nos ofreció su cabaña de esquila y permiso para cruzar sus tierras, nos había hablado de un valle virgen detrás de su finca. En algún lugar profundo de ese bosque, había oído un «recital de berrea» pocos días antes.
La sombra en el verdor
Comenzamos a acechar juntos, pero dos cazadores hacían demasiado ruido. Franz se mantuvo cerca de la linde del bosque con el rifle, y yo continué por mi cuenta, armado con el arco. Tal vez podría echar un venado hacia él. La luz se desvanecía a medida que me adentraba más y más en la masa de helechos y troncos cubiertos de musgo. Entonces, percibí el avance de una sombra negra: compacta, de poca altura y pesada. No parecía un venado, era un jabalí. Siguió avanzando por un estrecho rastro de caza hasta pararse quince metros delante de mí. Cuando pasó por detrás de un helecho, tensé suavemente el arco y apoyé la mira en el hombro. La flecha salió disparada con precisión; relampagueó y dibujó una brillante estela en el aire antes de dar en el blanco produciendo un inconfundible crujido de huesos.
El puerco salió corriendo hacia delante y luego se detuvo, girándose para mirarme directamente. Nos quedamos mirándonos fijamente unos instantes, el hombre y el jabalí, en la penumbra creciente. Luego resopló y se esfumó en el bosque.
Seguir la pista
Con el corazón acelerado, logré obtener una débil señal telefónica y me comuniqué con Franz. Pasó un rato hasta que pudimos encontrarnos. La señal desaparecía en el denso follaje y solamente logramos localizarnos gracias a los destellos de nuestros frontales.
La flecha estaba tirada en el suelo, cubierta de sangre. Usando mi cámara térmica Leica Calonox View, pudimos seguir el débil rastro a través de la densa maleza hasta que divisamos una silueta brillante. El jabalí yacía inerte: corpulento, de pelaje áspero, con cerdas a modo armadura y colmillos curvados hacia fuera. El ganadero nos ayudó a sacarlo con su todoterreno. «Un auténtico "Captain Cooker"», nos espetó. Era uno de los descendientes de los jabalíes que el capitán Cook trajo consigo en su buque Endeavour en 1769. Casi 100 kilos de historia viva.