En la tierra de los acantilados rojizos
Para mí, contar con un equipo del que pueda fiarme es fundamental cuando viajo. No tener que preocuparme demasiado por si todo funciona es esencial.
Ilka Dorn
Si tuviera que mencionar un tipo de caza que me apasione especialmente, sería la caza de rebecos en montaña. Rara vez se ponen tan a prueba las destrezas y capacidades físicas de un cazador como en la caza de esta fascinante especie. No es solamente una cuestión de forma física y de preparación personal, sino también de resistencia, seguridad y, en función del terreno, cierto grado de ausencia de vértigo. Pero, además del reto personal, son sobre todo la belleza del entorno y los imponentes paisajes de montaña los que hacen olvidar rápidamente el arduo ascenso y hacen de esta aventura de caza algo muy especial.
Madrugón en los Alpes Marítimos
Acepté una invitación para visitar los Alpes Marítimos franceses al norte de la Costa Azul. Me llevé mis pequeños y prácticos Leica Geovid Pro 8x32, y mi rifle llevaba montado el Leica Fortis 2-12x50i. Rasmus, mi guía de caza, me recogió en Niza y me llevó en coche directamente al coto de caza, al pie de la Tête de Rigaud, de casi 2000 metros de altura. Cansados por el viaje, hablamos un poco sobre los planes para el día siguiente y pronto me quedé profundamente dormida.
El despertador me despertó a las cuatro. Aún era de noche cerrada cuando nos dirigimos en coche al coto de caza. Rasgaba el alba, se vislumbraban los primeros contornos de las montañas y una delgada franja anaranjada resplandecía en el horizonte. Todo apuntaba a que iba a ser un día magnífico.
Un día repleto de desafíos
Rasmus aparcó el todoterreno en una meseta elevada. Ante nosotros se alzaba la sobrecogedora Tête de Rigaud, flanqueada por valles y rocas, ofreciendo ya de por sí un escenario impactante. «Deberíamos empezar a andar», susurró Rasmus. Decidimos circunvalar la montaña y peinar los valles desde arriba.
El ascenso fue agotador, ya que el terreno era rocoso y escarpado. La pizarra roja era porosa, y había que dar cada paso con sumo cuidado. Según salía el sol, la temperatura aumentaba, pero el paisaje compensaba todos los esfuerzos. Rasmus quería llegar a las terrazas de pizarra roja, peculiares protuberancias esculpidas por el viento, cubiertas de denso matorral de boj. Servía muy bien para ocultarnos, pero dificultaba mucho la localización de la caza.